El algarrobo: el árbol que pesaba el oro (y una madera a la que hay que saber esperar)
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Antes de que existieran las básculas de precisión, en los mercados de oro y piedras preciosas del Mediterráneo se usaban semillas de algarrobo como pesas de referencia, contándolas una a una en la balanza. De ahí viene, literalmente, la palabra quilate —del griego kerátion, "pequeño cuerno", el mismo nombre que recibía la vaina curva del algarrobo—. Se cuenta a menudo que se elegían porque todas pesaban exactamente lo mismo; estudios botánicos más recientes han medido que en realidad varían casi tanto como las semillas de cualquier otra especie. Puede que se impusieran simplemente por ser prácticas, abundantes y fáciles de contar. Mito o no, un árbol de secano, mediterráneo hasta la médula, terminó dando nombre a la unidad con la que se pesan las piedras más caras del mundo.
De ese mismo árbol sale otra de las maderas con las que más trabajo en el taller. Y tiene su propia lección que aprender, que cuento más abajo.
El árbol vivo
El algarrobo (Ceratonia siliqua) es un árbol perennifolio del Mediterráneo, de la familia de las leguminosas, igual que los guisantes o las acacias. Aguanta la sequía y los suelos pobres sin despeinarse, y por eso ha acompañado el secano de toda la vida: olivares, almendros y algarrobos han sido durante generaciones los tres pilares del campo mediterráneo.
Es un árbol longevo y de crecimiento lento, y eso se nota en su porte: troncos gruesos, cortos y muy retorcidos, con una copa ancha y redondeada que da una sombra densa. Como el enebro del que hablé en otra entrada, el algarrobo también es dioico —hay pies macho y pies hembra— y solo las hembras dan fruto.

Las hojas son compuestas, con foliolos redondeados de un verde oscuro brillante que aguanta todo el año sin caerse, lo cual también ayuda a la sombra densa de la que hablaba.

Y luego están las algarrobas: esas vainas largas, oscuras y correosas que cuelgan de las ramas y que dan nombre al árbol. Tradicionalmente se han usado como alimento para el ganado, y hoy cada vez más como sustituto del cacao —la famosa harina de algarroba—, además de para las semillas que ya te he contado. Cuando se secan del todo se ponen casi negras y suenan a hueco si las agitas.


De la rama al tronco: la lección de esta madera
Con el algarrobo he aprendido una cosa a base de estropear alguna pieza: no toda la madera del mismo árbol se comporta igual, y hay que tratar cada trozo según de dónde viene.
La madera joven, la que sale de ramas no muy gruesas, se trabaja de maravilla en verde, recién cortada. Es cuando mejor responde a la gubia y cuando más disfruto tallándola.
La madera que viene de un tronco grueso es otra historia. Ahí las tensiones internas son mucho mayores, y si la tallas o la dejas secar entera y de golpe, es muy propensa a agrietarse desde el centro hacia fuera. Lo aprendí mirando cortes de testa como este, con la grieta empezando justo en el borde:

La solución que uso: con piezas de tronco grueso, dejo secar la madera del todo antes de tallarla, o al menos parcialmente, en vez de atacarla en verde como haría con una rama. Cuesta más paciencia, pero es la diferencia entre una pieza que dura y una que se abre por la mitad al cabo de unos meses.
Cómo se porta bajo la gubia
Una vez seca, es una madera dura de trabajar, no te voy a engañar. Pero responde muy bien si atacas la veta por el lado correcto: ahí corta limpio y deja una superficie preciosa, con ese contraste entre la albura clara y un duramen de tonos rosados y rojizos. Si la fuerzas a contraveta, en cambio, se resiste y astilla.
Piezas talladas en algarrobo
En el taller la uso sobre todo para piezas decorativas y de uso en casa, donde ese contraste de color luce especialmente bien. Son aptas para uso alimentario si alguna vez quieres darles ese uso, pero pensadas ante todo para vivir en una estantería o una mesa:
Cada uno viene de un trozo distinto, tratado a su tiempo. Por eso no hay dos iguales.